A veces se me antojan pocos los 969 años que vivió Matusalén. Siempre me espanto al ver el sumatorio que hace el iTunes de los tiempos de duración de todos los discos que tengo en mi ordenador. Con la ansiedad con la que queremos hoy día estar al tanto de lo último que va saliendo, de lo que ya salió, de los mejores discos y canciones del año, etc, francamente 969 años son pocos... Me hace gracia recordar con qué manera tan elegante me llamó imbécil un Guardia Civil de Tráfico que un día de mala suerte me paró en la carretera... "la prisa es pasión de necios..."
Este fin de semana terminé de leer "Suave es la noche", una novela de Fitzgerald. La novela se inicia con las vacaciones de un grupo de adinerados en La costa azul, lugar en el que los ricos de toda Europa y muchos americanos viven o mejor dicho tratan de vivir sus idílicas vidas. Y digo tratan de vivir porque como me gusta decir siempre "la felicidad está sobrevalorada y además es inquietante, ya que la tristeza está siempre al acecho", por lo que en esas idílicas vidas, concretamente en las de la pareja que protagoniza la novela, no tardará en llegar la tristeza, el desencanto, la desdicha... Dick Diver y su esposa Nicole, él psiquiatra y ella enferma mental. Aparentemente en su inicio viven una vida más que feliz con baños de fiestas y de mar en la costa azul, que con el flashback el autor va introduciendo el tremendo inicio que tuvo esa relación y el porqué es una relación desde su creación casi condenada al fracaso. En este caso la máxima de "quien resiste gana", como en tantas relaciones en la vida no va a funcionar.
La novela es totalmente recomendable.
Lo que al principio de la novela en los encuentros en la playa y en las fiestas era pura alegría y conversaciones triviales, banales, hedonismo esencialmente, se torna melancolía y hasta ansiedad en situaciones parecidas a medida que va avanzando la novela. Es como si la alegría abandonase a quienes abusan de ella y ya no se pueda recuperar aunque volvamos a hacer lo mismo que hacíamos antes cuando la teníamos. Tuve un sensanción con éstas partes de la novela igual a la que tuve al ver a Marcello Mastroianni en la fiesta del final de la pélicula "La dolce vita". La amargura en una aparente situación de felicidad.
Estuve dándole vueltas a estas cosas y como quien cree haber encontrado petróleo... me puse a buscar por la red algo que hiciese referencia a las dos obras en este sentido y la sorpresa vino cuando al sumar la novela de Fitzgerald y la película de Fellini en la barra del buscador de google me encontré con ésto. Tal vez en su día esa pasión del necio, añadida, lo confieso, a un escepticismo sin sentido, me hizo tal vez no pararme en "La costa azul" de Sidonie. La sencillez de las letras toman ahora el sentido que cuando escuché el disco, poquísimas veces he de confesar también, no encontré.Ahora mismo disfruto escuchando ese maravilloso steel guitar y la trompeta y con las letras en esta gran canción.
Fran, que es muy fan de Fitzgerald también se inspira en sus novelas o en el mismo Fitzgerald para escribir canciones, ya con La costa brava, lo hacía.